martes, 19 de noviembre de 2013

Tiempo de Silencio


<Así es la vida, muy larga o extremadamente corta, con una mano te da y con otra te quita, por eso hay que buscar y aprovechar los buenos momentos que te ofrece, que a los otros no hace falta alentarlos…! Ya vienen solos!…
Jamás hay que permitir que quieran vivir la vida por ti - que decidan por ti- que con la excusa de ser tu compañero, se convierta en tu depredador, ese mismo que te asfixia y de deja sin fuerzas para luchar.
Ser capaz finalmente de tomar una decisión valiente…De tomar las riendas de tu vida…>
-Samarcanda-
                                                      TIEMPO DE SILENCIO
    Capítulo I : Luchar contra lo inevitable


La tarde era un infierno de sudor y modorra donde no quedaba aire para respirar. Las horas parecían transcurrir perezosas, sin prisa alguna, pringados de aquel letargo insultante que te atrapaba, como cada día, como cada año...Como cada verano interminable.

Aitana cambió de postura con indiferencia.

-¡Que cansada estoy! Este calor me está matando -Susurró llevándose las manos a la cabeza, al tiempo que entornaba los ojos con desgana ¡Venga Aitana,  ya queda poco!

 Se esforzó sin éxito por sonreír, en un último intento de no dejarse vencer por la apatía que la dominaba. Su única pretensión en esos momentos era ocupar su pensamiento en algo agradable, aunque sólo fuera por aliviar su ánimo que andaba bastante maltrecho desde...Bien, no le alcanzaba la memoria, pero demasiado, de eso no había duda.  Consciente de que aunque la temperatura era sofocante, no era la principal culpable de que se sintiera derruida. El paso inexorable de los días, tan vanos como su propia vida era lo que le provocaba esa sensación de asfixia total.

Aitana había permanecido tumbada en la cama gran parte de la tarde, con la mirada perdida en un punto lejano, se hallaba extraviada en su mundo sin regreso, dejando vagar por libre a su fantasía, que paseaba a tientas a través de imágenes que solo eran reales en su universo particular. Esos sueños era los único que la salvaban -y no siempre- de tanta mediocridad. Había aprendido a sumergirse en ellos hacía tiempo, cuando se rindió a la evidencia de que todo lo que la rodeaba no era más que una burda comedia. Ese mundo suyo que había ido construyendo mentira sobre mentira de un modo inconsciente. Donde el tiempo transcurría sin contar con su aprobación, revolcándose en su propia derrota. Haciéndola sentir cada día más vacía, más imperturbable ante el dolor, limitándose a vegetar junto a aquel cuerpo inerte que no desprendía nada...Ni frió, ni calor.

Al principio intentó sentir amor por el hombre que compartía su vida, deseó amarlo a pesar de la innegable indiferencia que él la prodigaba. Pero el amor no es algo premeditado ni maleable, que puedas trasformar a tu antojo. No obedece órdenes. Lo sientes o no, así de simple, así de maravilloso y lo suficientemente especial como para tener voluntad propia.
Poco a poco -casi sin percibir el cambio- Aitana descubrió que iba muriéndose algo muy adentro. El amor no sólo no vino a su encuentro sino que se esfumó para siempre... (SIGUE)
                                                   © Samarcanda - Ángeles.
Fragmento del libro no publicado:
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"A través del Caleidoscopio"


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Agua Dulce

Esta pequeña historia fue el resultado de uno de los DESAFÍOS que se llevaban a cabo en el Foro de escritura al que pertenecía. El esquema de trabajo podía variar, este era uno de ellos, en el que a partir de unas palabras sueltas se debía improvisar un cuento corto. 
Me incliné por una historia suave que habla de la esperanza. Por una nueva oportunidad de ser feliz en la vida. 


AGUA DULCE: (Cuento Corto)

Era un  luminoso día de mayo, ella caminaba descalza por la playa como siempre acostumbraba. Daba igual que fuera invierno o verano, otoño o primavera, esos interminables deseos de descubrir una nueva puesta de sol, de colores y resplandor increíble le hacían salir en su busca a diario, necesitaba sentir ese familiar cosquilleo de la arena en sus pies desnudos, esa brisa suave que le rozaba el rostro como la mejor de las caricias. Ese olor a mar y a sal que le obligaba a cerrar los ojos y suspirar con fuerza para tragárselo de un sólo aliento.
Llevaba siempre consigo su piedra de la suerte. No era más que un trozo de canto de increíble suavidad con el que había tropezado hacía mucho tiempo. A menudo pensaba que no había sido fortuito, que alguien premeditadamente la había dejado allí como un símbolo; el primer eslabón de un acertijo que aun estaba por desentrañar.
Alcanzó el final del embarcadero tal como solía hacer. Tomó aire, suspiró sonoramente y sonrió. Justo antes de emprender el camino de vuelta, ya de regreso, advirtió la presencia de un forastero -era evidente que lo era- en su habitual paseo diario conocía a cada uno de los que también acostumbraban a entregarse al placer de ver el mar y el estallido de las olas contra las rocas. Un ritual divino e inexplicable que muy pocos compartían. El extranjero estaba dando de comer a las gaviotas que se acercaban solícitas y sin temor hasta sus manos para recoger lo ofrecido, a ella le imponían un poco esas aves e intentaba siempre rehuir su contacto, pero les reconocía encanto y majestuosidad.
El cielo aun era claro y un murmullo de sirenas parecía acompañar sus pasos, no tenía grandes motivos, pero se sentía radiante, así lo demostraba su amplia sonrisa y esas notas familiares que tintineaban en sus labios. Casi no miró a aquel muchacho, pero con clara nitidez sintió un estremecimiento al pasar junto a él.
-Oye, niña, se te ha caído esto –dijo él con evidente descaro.
Ella paro sus pasos y le miró al fin con su calma y cadencia habitual.
-¿Cómo dices? –preguntó mientras pensaba en la insolencia de aquel chico.
-Esta piedra es tuya. Vi como caía de tu mano.
-Oh!! Gracias, te parecerá una tontería, pero si llego a perderla lo hubiera sentido muchísimo –esta vez sonrió al responder. !Es mi piedra de la suerte!
-No hay de que –dijo de inmediato, devolviéndole la sonrisa, al tiempo que estiraba su mano y añadía:
-Hola, mi nombre es Alex. ¿Y el tuyo?
“Descarado y simpático” –pensó ella.
Nuevamente el escalofrío al sentir su mano en la suya. Fue una sensación como de haber vivido ya ese momento -Déjà vu, creo que le llaman- le miro fijamente y aunque seguía pareciéndole un tanto atrevido, en el fondo le hizo gracia esa manera tan fresca, tan espontánea de presentarse y entablar una conversación.
-Me llamo Aloe- dijo por fin.
-Uy! Que nombre más…mmm..¿Peculiar? Nunca conocí a nadie que se llamará de ese modo -sonrió Alex mientras añadía- ¿Significa algo?
-Sí, es el nombre de una planta – le aclaró ella- un cactus para ser exactos. Me fascinan, porque son de los pocos seres vivos que no se rinden nunca, luchan por subsistir y sobreviven a pesar de todos las dificultades. ¡Son admirables!
-Sí, para mí también es importante la tenacidad y la fuerza –contestó Alex con aquella sonrisa, mezcla de ternura y complicidad.
- ¿Vas a soltar mi mano? -Preguntó Aloe al tiempo que sonreía burlona.
-Ah, perdona, me había quedado abstraído con tu…explicación.
Siguieron hablando y hablando. El tiempo parecía haberse detenido para siempre, hasta era posible que ya se conocieran y que aquello no fuera más que un feliz reencuentro. Presentían que se habían estado esperando, que ahora por fin, estaban frente a frente. Fue fácil reconocerse, saberse, sentirse, bastaron unos cuantos minutos, tan sólo un puñado de palabras…Para no resultar en modo alguno insólito o artificioso. Era más que evidente que sus palabras estaban enlazadas,  que las de él precedían inequívocamente a las de ella. Nada premeditado y a la vez perfecto, como si se tratara de un guión que ambos hubieran escrito al tiempo -en otro tiempo- y que sólo existía ahí, en medio de esa extraña nada, de un encuentro que parecía casual…¿O tal vez no?
Aloe –al darse cuenta de su tardanza- se sobresaltó. Las horas se habían hecho minutos y los minutos segundos, pero era ya noche cerrada y ninguno de los dos lo había advertido.
Alex por su parte, se empeñó en custodiarla hasta su puerta -no estaba lejos- tan sólo unos metros más allá.
-¿Ves aquel farolito azul allí enfrente? –Le había dicho Aloe- pues es allí donde vivo.
Se despidieron con un hasta pronto y una mirada callada que lo decía todo, Aloe notó el temblor de su mano cuando él se la tomo para decir quedamente:
-Hasta mañana…que sueñes mucho niña.
Al día siguiente se levantó pronto, impaciente, ansiosa, sumamente alterada, casi con angustia, sólo esperaba que las horas transcurrieran rápido para volver sobre sus pasos. Todo su mundo de repente se había quedado enredado en aquella playa. Por el contrario el tiempo se obstinaba en no avanzar, desquiciándola,  obligándola a ser esclava del reloj,   las manillas del segundero parecían reirse de ella burlonas.
Al fin llegó el esperado momento de encaminar sus pasos hasta la fina arena, volver a sentir el suave tacto bajo sus pies. Avanzó con el corazón saltándole del pecho,  ella misma no podía creer esa sensación que le subía hasta la boca del estomago.  No recordaba haber sentido algo así anteriormente,  al menos con esa intensidad que rozaba la locura.
Alex no estaba. Se sintió decepcionada al mirar a su alrededor y no verle. Le calmó advertir la presencia del velero, la noche anterior él le había hablado de su barquito, el mismo que le había traído hasta aquella playa…Hasta ella.

Alex le había contado que era un espíritu libre, un buscador de sueños. Que su mayor deseo era navegar y descubrir universos perdidos. Secuestrar la belleza de un instante,  embriagarse con el recuerdo de un aroma,  correr tras lo desconocido -y tal vez-  tropezar con esa persona ideal que andaba buscando. Más aun,  para anclar por fin su barco y su vida o partir a rumbo desconocido. Aun no lo sabía, pero juntos para siempre. Le contó como intuía que su instinto le conduciría finalmente hacía esa mitad que anhelaba…Hacia su amor.
Siempre que presentía un pálpito detenía su velero y esperaba que el milagro se hiciera. Hasta ahora nada especial había sucedido.
-Fíjate Aloe –le había dicho Alex ¿Ves el barco? Es aquel azul y blanco. Mira el nombre. Se llama LATIDOS. Esa palabra me representa, porque yo soy eso mismo. Un alma convertida en latidos.
Ella siguió sonriendo mientras evocaba las palabras de ambos la noche anterior, caminaba absorta, con una risita boba pintada en la cara y en su pensamiento solo un nombre. Alex se había colocado delante de ella haciéndola tropezar.
-Hola mi niña ¿Cómo estás?
Se sobresaltó, sintiendo que sus rodillas cedían, mientras un tibio calor la invadía.
-Hola mi niña ¿Cómo estás?
-Hola marino de agua dulce –contestó al fin.
-¿Será salada? –sonrió Alex.
-No.. yo pienso, bueno…Creo que tus aguas son tan dulces como….
-Termina –le animó él con cierta sorna.
-Bien, como tú…Quería decir.- dijo al fin bajando los ojos y con las mejillas encarnadas.
-Oh! Gracias ¿Y ahora que digo yo? –añadió él
-Nada, por favor, no digas nada…
Se le ocurrió pensar la cantidad de  bobadas que se pueden llegar a decir cuando te sientes bien con alguien, cuando lo que menos importa son las palabras.
Fue tan fácil desde el principio hablar con él, adivinar cada gesto y cada palabra suya. Darse cuenta de que compartían casi todo: gustos, aficiones, melodías, sensaciones…Y palabras, sobre todo las palabras. Aloe lo observó mientras él hablaba con su vehemencia habitual, ese ímpetu de conversador avezado, ducho en el arte de explicar historias.
-Angelical y embaucador.- pensó.
Hablaba como si las palabras se le escaparan de dentro, a borbotones, soltándolas entrecortadamente, pero convirtiéndolas a la vez en una dulce caricia que la envolvía.
-¡Es un cielo! -pensó ella, deseando decirlo, pero sin atreverse a hacerlo.
Siguieron hablando por infinitas horas que en realidad parecían no existir, sonriendo, ironizando, soñando… En un punto de la conversión, Aloe -deliberadamente- dejó caer que su esposo estaba de viaje de negocios en Milán y no regresaría hasta el viernes. Siempre se sentía muy sola y ahora parecía todo era tan diferente…
De repente la angustia se hizo presente, no sabía muy bien porque lo había dicho, aunque íntimamente deseaba que Alex lo supiera. Él no dijo nada…ella tampoco insistió, no era necesario.
De nuevo el adiós -no podía acabar aquella noche- ninguno de los dos lo quería, pero el tiempo no quiso ser cómplice de sus deseos. Ni de sus miedos…Ni de sus quimeras.
-Adiós -dijo ella.
-¡No! –Se apresuró a rebatirla Alex- Nunca digas adiós,  se dice ¡Hasta luego!…

                                               *   *   *   *   *   *   *

El timbre de la puerta la tomó por sorpresa, Aloe se disponía a meterse en la cama para esperar el nuevo día, la siguiente prueba, como una niña sorprendida y asustada a la vez.
Fue a mirar quien era algo extrañada, a esas horas de la noche, no pensaba abrir a nadie. Echo un vistazo por la mirilla y allí estaba Alex con una sonrisa de oreja a oreja. Sin ni siquiera dudarlo, abrió de inmediato.
-¿Qué haces aquí? ¿Ocurre algo?
-No nada, sólo te tome la palabra, me dijiste que si necesitaba cualquier cosa, podía pedírtela.
-Claro, por supuesto ¿Qué necesitas?
-Un sacacorchos, por favor –dijo él al tiempo que sonreía y alzaba una botella helada de vino blanco, que llevaba en la mano.
Aloe también sonrió por la situación. ¡Muy sutil no era, desde luego! 
Estaba convencida de que tampoco había sido esa su intención.

-¿Y no podías esperar hasta mañana? Son casi las 12.
-Imposible, este vino caduca justamente hoy –bromeo él-  Vaya, que si no te das prisa ¡Es que no llegamos a tiempo!
-¿Llegamos? –preguntó ella, conocedora en parte de la respuesta.
-Sí, tú y yo. Llevaba esperándote muchos años –dijo Alex y añadió irónicamente mientras alzaba la botella. ¡El vino, se entiende!
Aloe volvió a sonreír, no era algo muy usual en ella, pero desde que conociera a Alex no había hecho otra cosa.
-¡Anda pasa! -le dijo al fin, mientras  estiraba suavemente de su manga.
La noche se consumió a toda prisa, por más que los dos hubieran deseado retener cada uno de sus segundos, cuando se dieron cuenta los primeros rayos de sol ya iluminaban el ventanal. Habían pasado gran parte de las horas hablando, bailando apretaditos, mirándose a los ojos, adivinando sensaciones, provocando deseos, bebiéndose la vida, compartiendo palabras que decían mucho…O no decían nada…
-Tonta…
-Bobo…
-Tú, más…
Dejaron que llegara el día mientras todavía permanecían abrazados, mejilla contra mejilla, sabían lo que sentían, que sólo dos días habían bastado para estar y sentirse más enamorados que si llevaran toda una eternidad juntos.
No querían que el sueño les venciera, deseaban saborear cada uno de esos interminables  segundos juntos, finalmente el cansancio pudo más y se rindieron a él. Alex fue el primero en despertar, se levantó en silencio, tan sólo rozó la cara de Aloe con sus labios levemente, para al marchar cerrar la puerta con cuidado. Prefirió dejarla en ese instante  -ella sabía dónde encontrarlo- además, puede que  necesitara pensar mucho…!O quizá no!…
Un instante después de abandonar la casa Aloe se despertó en un sobresalto, era como si esa ausencia le doliera, porque con sólo cruzar la puerta, ya le echaba de menos.
Todo olía a él. Volvió la cara en su cama y al hacerlo reparo en un pequeño papel doblado en mil pliegues. Era una carta de amor, la más bella, la más sincera, la más tierna. También era una despedida…!O quizá no!…
Los dos supieron desde el primer instante en que se miraron -y se perdieron el uno en los ojos del otro- que aquello no era el final de un sueño…La vida nos brinda pocas oportunidades y nunca hay que desdeñar semejante ofrenda.
Por eso en su corazón, las maletas ya aguardaban en la puerta…

Noviembre de 2003


Texto perteneciente al libro de relatos cortos:
"A través del Caleidoscopio"
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miércoles, 2 de octubre de 2013

Recuerdos de la India


  

RECUERDOS DE LA INDIA

Aquella mujer tenía un rostro angelical e instintivamente Kavita pensó en su madre, era un recuerdo prohibido que poco a poco iba diluyéndose en su memoria, cuando llegaron a casa de su abuela paterna, se les impidió volver a mencionar siquiera su nombre. Kavita la recordaba bien a pesar de todo, aunque intuía que para su hermana se había convertido en un olvido ineludible. Recordó qué fue por el tenaz empeño de madre que ellas aprendieran a leer. No era habitual que unas niñas indias y de pobreza aparente fueran poseedoras de semejante bien, su madre les hizo prometer que lo mantendrían en secreto, Manjit y Kavita habían asimilado las lecciones ávidamente, su progenitora les enseñó lo poco que pudo aprender en aquella casa de forasteros donde sirvió, eran emigrantes alemanes dueños de grandes extensiones de tierra. Su dedicación principal consistía en hacerse cargo del cultivo de arroz desde que su marido enfermara –el padre de las niñas- con su trabajo ella aportaba las pocas rupias que entraban en casa. Sunita, que así se llamaba, tuvo tres hijos, las dos niñas, que eran las pequeñas y un chico Ranjit, el mayor de ellos, pero tal como era costumbre en la India, al morir el padre y convertirse en una mujer viuda pasó a ser poco menos que nada y como tradición también su hijo varón se hizo cargo de todo, repudiándola poco después. Ranjit cerró y vendió la casa que había sido su hogar y mandó a las niñas con la abuela. Normalmente cuando eso sucedía la mujer quedaba abandonada dentro como un mueble más, pero Sunita huyo antes de que la desgracia se apoderara de su destino. De todo ello las dos niñas estuvieron totalmente ajenas, como tampoco les fue permitido preguntar nada al respecto.
Kavita, contó detalladamente a aquella mujer que encontrara en su camino el motivo de su visita al templo...Fragmento (SIGUE)

                                                            © Samarcanda - Ángeles
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viernes, 13 de septiembre de 2013

El Amor a La Vida

A menudo en mis textos me decanto por la gente que sufre o ha sufrido, no, no soy masoquista, pero cuesta desprenderse de los sentimientos cuando te invaden a diario.
A pesar de todo pienso que este texto es un canto a la vida, de ahí su titulo...
Samarcanda.

 EL AMOR A LA VIDA 


La tarde, a través del paisaje que le ofrecía su jardín, era un lugar querido para Agatha, esta permanecía  entre cojines, recostada en el sofá que presidía su acogedor porche, mientras, su gatita Lily ronroneaba acurrucada a su lado. Se le ocurrió pensar si aquello no era todo cuanto podía desear,  si en efecto a esa apacible sensación se le podía llamar Felicidad. Por fin había conseguido la paz absoluta que persiguió infructuosamente durante toda su vida; y es que a menudo los sueños se cumplen a golpe de perseverancia.
Respiró profundo, como si con ese gesto pudiera compensar las veces que no logró que el aire llegará a sus pulmones, esos momentos en que el miedo a vivir le ahogaba por dentro. Cuando ese empeño por derribar fantasmas invisibles conseguía agotarla por completo. Quizá en su interior siempre mantuvo una esperanza y confiaba íntimamente que este ansiado momento llegaría. Sólo tenía que esperar con paciencia a que todas sus estrellas se posicionaran en el lugar correcto.
-Ha sido un arduo esfuerzo -pensó- pero aquí estoy, con casi todas las guerras ganadas.

Agatha alargó su mano para acariciar con suavidad el viejo cuaderno que llevaba consigo, ya no necesitaba hacer acopio de fuerzas para leerlo, para enfrentarse a sus propias palabras como tantas otras veces. No, no les tenía miedo…! Ya no!
Recordó las veces que se había sentido caer, cuando el miedo con mayúsculas fue su aliado y compañero inseparable. No pretendía ir más allá, ni volver a recrearse en pensamientos que la turbaran, todo había quedado atrás y aunque no deseaba recordar…recordó como hubo un tiempo en que llenaba sus noches de inagotables lamentos, convirtiéndolas aun sin pretenderlo en un continuo baile de sonrisas y lágrimas. Fue cuando el alba se volvió reacia y las noches parecían no tener fin.
Siempre tuvo terror a esa soledad oscura que la incertidumbre hace enorme, encontrarse un día sin una mano que sujete la tuya, sin un abrazo que te arrope. Sentir de repente un frío helado en el cogote, como el roce de la escarcha en una mañana de invierno, con el mismo estremecimiento. Frío sobre frío…Y nada más.
-Los recuerdos, son recuerdos y no se deben temer, aun así, hay que aprender que se pueden guardar, atesorar, respetar, revivir -y a veces si es necesario- hasta olvidar por tu propio bien.-se dijo con convicción.

Un extraño cosquilleo le recorría cada vez que sentía de nuevo el tibio tacto del cuaderno entre sus manos. Cerró los ojos mientras lo acariciaba y su voz retumbó en la tarde callada: (SIGUE)

                                                          
                                                           © Samarcanda Cuentos -Ángeles Platas
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martes, 10 de septiembre de 2013

AMIGAS O ENEMIGAS

PECADOS CAPITALES (Tema: La Envidia)

“La envidia no deja de ser una declaración de inferioridad.” (Napoleón)


AMIGAS O ENEMIGAS

Hacía tiempo que eran amigas, habían crecido juntas compartiendo aficiones, viajes, proyectos…Todo. Inseparables durante años -los primeros de sus vidas- a menudo recordaban aventuras en las que habían participado codo con codo y sentían que siempre merecieron la pena. Sus familias alentaban esa amistad, sus propias madres habían sido igualmente inseparables en la infancia y el cariño había perdurado en el tiempo. A Sole y Mónica les encantaba decir que eran hermanas, sus cabellos dorados o sus ojos claros ayudaban a esas fantasías que disfrutaban y les convertían aun más en cómplices de su felicidad y sus cuitas infantiles. El tiempo fue testigo de cómo su afecto se hacía cada vez más fuerte, cualquiera de ellas hubiera jurado y perjurado que nada las podría separar, sin embargo hay ocasiones en las que otras fuerzas más allá de la amistad pueden conseguir inesperados desencuentros.
Siempre les unió el deporte. A los quince años empezaron a hacerlo de un modo más profesional aunque su suerte y aptitudes no fueron parejas entonces, una de ellas empezó a despuntar visiblemente. Sole fue un descubrimiento en atletismo, las competiciones de fondo no se le resistían en absoluto, por mucho que Mónica tenía una mejor capacidad en las distancias cortas. Entrenaban juntas y aunque en principio todo fue apoyo mutuo, pronto las buenas marcas de Sole, empezaron a minar esa amistad incorruptible que ambas habían mantenido durante años, convirtiéndolas en contrincantes acérrimas en las competiciones donde coincidían. Para Sole, siempre fue una sana rivalidad, en la que sólo estuvo presente ese mínimo orgullo por ganar que le servía como acicate para mejorar sus marcas. Sin embargo Mónica cada vez más se lo tomaba como un desafío, casi un agravio y la distancia entre ambas fue haciéndose más palpable.
Una muralla invisible las iba colocando por caminos dispares y aunque Sole siguió haciendo esfuerzos por limar esas asperezas aparentes, la actitud de Mónica, por el contrario, ofrecía una resistencia más que evidente. Ese sentimiento se fue acrecentando a medida que los laureles se acumulaban en las estanterías de Sole, sus hazañas y valores no le eran ajenos a Mónica y sin poder evitarlo la creciente envidia que iba sintiendo por su antigua amiga, no le permitía ya ni el saludo, mucho menos las palabras de elogio o animo, que hasta entonces siempre habían estado presentes
Hacía tiempo ya que no coincidían en una competición, pero esta era importante para ambas y un reto personal para Mónica, por lo que no dudo en participar aun a sabiendas que podía encontrarse con Sole en la pugna por la carrera. Así sucedió.,,,Fragmento (SIGUE)

                                                                 © Samarcanda - Ángeles.
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domingo, 1 de septiembre de 2013

MORIR EN VIDA

 PECADOS CAPITALES  (Tema: La Avaricia)

Es una gran locura la del vivir pobre, para morir rico. (Juvenal)

                                         MORIR EN VIDA
El Sr Edwards cambió su forma de vivir y de pensar casi de la noche a la mañana; la trasformación  fue drástica. Era de esos ricos excéntricos que había amasado fortuna y poder a través del mundo inmobiliario. Sus transacciones millonarias llenaron durante años periódicos de todo el orbe, llegando a ser una persona envidiada por cuantos le conocían.  No se le tenía por un ser mezquino, al menos no era un defecto que aireara visiblemente. No era generoso, eso es cierto, pero sabía pasar inadvertido en ese terreno para que nadie notara cuanto le molestaba gastar más de la cuenta a pesar de su opulencia.
Lo cierto es que desde niño ya tenía un perfil avaricioso,  recopilando juguetes y objetos varios, que almacenaba sin apenas tocar, sólo por el hecho de tenerlos, de atesorarlo, sin otro disfrute, ni meta. Llenaba los armarios de su habitación para de vez en cuando contarlos con afán desmedido esperando que todo siguieran en su lugar, ahora le pasaba lo mismo con joyas y trofeos que acumulaba con exagerada tacañería,  vivía sin ostentación debido a ese carácter suyo un tanto huraño pero nunca fue algo que se pudiera considerar patológico, hasta que en aquel abril del año 66, sucedió algo extraño.

Reunió a todo su personal en el amplio salón de su villa y les indicó que le faltaban unas monedas de oro heredadas de su padre y que tenían un valor incalculable. En realidad, sólo eran dos monedas de las 70 que componían la colección, las conocía muy bien, una a una  miles de veces las había manoseado para contarlas con  placer inusitado, trabajo que solía hacer una vez al mes desde hacía lustros.  Aquella soleada tarde en que la primavera fue testigo, su rostro se tornó de un amarillo ocre, al rojo intenso cuando se percató de la falta de esas dos estimadas piezas. El sudor le caía por las sienes y lo acontecido ya ni le permitía pensar con claridad. Por primera vez no se sentía seguro en su casa y con los suyos. La desconfianza empezó a adueñarse de su espíritu ambicioso con enfermiza obsesión,  sólo deseaba estar rodeado de sus conquistas materiales y más que nunca se convirtió en una necesidad imperiosa y primordial. (SIGUE)

                                                      © Samarcanda Cuentos - Ángeles
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lunes, 22 de julio de 2013

Amarga Espera

No hay mucho que decir cuando el desencanto y la mentira se ha hecho fuerte en una relación.
AMARGA ESPERA (Microcuento)
Las horas pasaban con lentitud perversa, el sueño no era su aliado. Por fin llegó apestando a perfume y traición, no se atrevió a pronunciar su nombre, solo pasó la mano por su cuerpo inmóvil y lo sintió tenso bajo la sabana. María se mantuvo en idéntico estado inerte cuando él rozó su frente con un beso infiel  y como cada noche también, con ese gesto dejó caer todo el peso de la culpabilidad en su piel hasta quemarla.

© Samarcanda-Ángeles.

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martes, 9 de julio de 2013

¿QUE FUE DEL PASADO?





¿QUÉ FUE DEL PASADO? 

Él sigue siendo él,
con sus bigotes retorcidos
y su peca en la barbilla.
Aunque en realidad no es él.

Hace tiempo que dejó de ser 
el estratega de antaño,
que me daba palizas al ajedrez.
Se conforma ahora con estar
-sin estar-.

Sin que una sola palabra
acuda a su boca y a su mente.
Vacío de sentimientos, de emoción
y sin esos gestos tan conocidos por mí.

Deja caer las piezas del tablero
de unas manos torpes y quebradizas,
donde apenas se sujeta ni el aire.
Le han robado su pasado y su presente

¡Y no tiene futuro!
A veces sonríe…
Otras...

Su mirada se pierde en un infinito sin retorno.
No recuerda para qué sirven los caballitos de mármol,
ni a quién pertenecen esos ojos inquisitivos
qué continúan delante de él 
-y de su mesa de juegos-
sin dejar de mirarle un solo instante.

(Un pequeño homenaje al Alzheimer)

Samarcanda - Ángeles

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lunes, 10 de junio de 2013

AMOR CIBERNETICO

Un poquito de humor -negro diría yo- aunque al fin y al cabo, humor. Guarda un pequeño mensaje de lo bueno, y menos bueno, de esta nueva tecnología que nos tiene atrapados.




                                                      AMOR CIBERNÉTICO

 Le llamó la atención el enunciado y por eso decidió perder cinco minutos más para leer el resto. Lucas, sólo acostumbraba a regalar una rápida mirada al diario de la mañana, estaba convencido que su tiempo era demasiado valioso como para ser más generoso con un pedazo de papel -quería pensar eso- pero la verdad es que a menudo acababa invirtiendo los veinte minutos del desayuno en curiosear las páginas del diario o rellenando los crucigramas, siempre a salvo de miradas indiscretas.

La noticia decía:
Un vecino se ha subido a lo alto del campanario de la iglesia y ha permanecido allí atrincherado. Aunque sus convecinos se habían personado en masa para que desistiera en su empeño, este había tardado más de seis horas en deponer sus armas: un rastrillo, una azada y varias palas, que amenazaba con lanzar desde ese lugar privilegiado que había conseguido alcanzar…


-¡Hasta donde podía llegar la desesperación de un hombre!- pensó Lucas-. Empezó a elucubrar cual sería el motivo de tan desesperada decisión. Quizá se había quedado sin trabajo y se encontraba en un momento de desesperación, puede que hubiera perdido la última cosecha debido a los últimos vientos habidos en la zona y con ella su cabeza -o peor aun- que ya no podía seguir pagando la hipoteca de su casa.


-Ufff!!...De esos hay muchos casos últimamente -sentenció.


Ansioso por enterarse del final de la historia y descifrar cual había sido el itinerario seguido por la victima hacia el desastre, dirigió sus ávidos ojos a las últimas frases de la noticia. Sebastián -que así se llamaba el hombre- exigía al alcalde del pueblo que le dejará engancharse a la línea de teléfono del ayuntamiento, ya que para él, se había convertido en una necesidad de supervivencia el “Internete ”- como él lo llamaba- y sólo era posible la conexión en todo el pueblo desde ese punto neurálgico.
Según se explicó después, había quedado con una bella muchacha para hablar a una hora concreta y veía con decepción que no podría cumplir su promesa , la susodicha internauta previamente ya había desplumado a Sebastián a través del teléfono y el sesentón aldeano a pesar de ello, se negaba a prescindir de su inestimable compañía. El loco de las redes, como así lo apodaron sus vecinos, sólo aceptó bajar de su elevado aposento, cuando le prometieron que se accedería a sus pretensiones; este, orgulloso de su éxito, no paraba de saltar de alegría, dando botes y más botes en el mínimo espacio que compartía con el resto de artilugios que le habían acompañado en semejante aventura. Tras encaramarse en lo más alto, dispuesto ya a descolgar la bandera que izara a su llegada, un trágico descuido le hizo dar un traspiés, para seguidamente caer al vacío. A pesar del fatal desenlace, Sebastián siguió con su imparable clamor de vencedor 
hasta dar con los huesos en el empedrado. En el triste camino hacia la muerte, sólo se oía un irónico  !!Lo he conseguido!
                                             © Samarcanda Cuentos - Ángeles.
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miércoles, 22 de mayo de 2013

Una Jornada Horribilis

Este es un relato cotidiano y sencillo, la pequeña historia de un día cualquiera en la vida de una adolescente, con los típicos problemas y dudas que conlleva esta difícil etapa vital. No intenta dar ni lecciones de moral, ni se buscan grandes moralejas, la única y más importante, que nunca un día es tan malo como para no sacarle ese puntito de maravilloso, que seguro esta ahí escondido. Aun teniendo en cuenta, que normalmente lo que acontece a diario no es ni tan trascendente, ni tan terrible como la visión -joven e inexperta- de nuestra protagonista. 
En definitiva un día como cualquier otro.
Una Jornada Horribilis
UNA JORNADA HORRIBILIS por Samarcanda Cuentos- Ángeles 

Subió de dos, en dos las escaleras, aunque vivía en un tercer piso no tuvo el valor de esperar el ascensor que -como de costumbre- se hacía el remolón justo cuando más lo necesitaba.

-¡Siempre igual! –pensó-. Con el corazón en un puño y esperando que su padre ya se hubiera quedado traspuesto en el sofá, introdujo con suavidad la llave y giró el pomo con más cuidado aun.

-Ningún ruido –pensó- ¡Menos mal!

Cruzó el pasillo y al pasar delante del salón, ni siquiera se atrevió a respirar.

Una voz bajita y susurrante le llegó a traición por la espalda.

-¿Donde cree que va, señorita?

-¡Vale, me has pillado! –Aceptó ante la mirada inquisitiva de su padre. Este, colocado tras ella, esperaba deseoso de escuchar las excusas que inevitablemente estaban a punto de llegar.

Reconocía que en aquella jornada infernal le había pasado de todo y estaba hasta las narices de tanta mala suerte, sólo le faltaba -y como colofón- que su padre le diera una charlita de las suyas.

-A ver Ariadna–le había dicho su progenitor- ¿Es que no te sirven de nada las broncas que te echo día sí…Y día también?

-¡Jolines, jolines! –Pensó- Cuando me llama Ariadna, en vez de Ari, es que la cosa se va a poner difícil.

Había sido un lunes horribilis y eso que no acostumbraba a discriminar ningún día sin tener un buen motivo, pero la verdad, es que esta vez disponía de un variado ramillete de ellos.

-Sí, papá –contestó finalmente Arí- tienes toda la razón. Es tardísimo, pero…

-¡Ey, ey, ey! Para Ari, que te conozco y no estoy de humor para escuchar una de tus elaboradas invenciones. Soy consciente, de que tu imaginación puede no tener límites.

Ella se acercó zalamera y le estampó un beso en la mejilla, al tiempo que le dedicaba la mejor de sus sonrisas.

-Desde luego, que sabes cómo hacer para embaucarme, pero no creas que te vas a ir de rositas esta vez. Además, se te nota a la legua que me estás haciendo la pelota... ¡Guapa!

-Venga papi querido, no seas tan susceptible. ¡Ya sabes que te quiero de verdad!

-Si claro, sobre todo cuando te interesa. -Sonrió su padre. Estas no son horas de llegar, mañana tienes que madrugar y te salva que salgo de viaje a primera hora, así que no tengo tiempo -ni ganas- de pelearme contigo…Pero te la guardo ¡Eh! No pienses, ni por un momento que esta conversación se ha acabado aquí.

-Está bien, papi. A tu vuelta lo hablamos ¿vale?

¡Uff! –pensó- No ha ido tan mal después de todo. Debe estar super cansado para no echarme la regañina del siglo; y es que hoy, no ha sido un cuarto de hora como es habitual, hoy me he pasado veinte pueblos.

-! Prometo ser buena, prometo ser buena! -Se repetía mentalmente Ari- mientras se dirigía a su cuarto.

Lo cierto es que no era mala chica...Sólo era joven. La inmadurez y la falta de experiencia le hacían actuar de un modo impulsivo su padre le machacaba una y mil veces que fuera más reflexiva y responsable. ¡No, la maldad no tenía nada que ver con todo eso! Él se esforzaba en ser un buen padre –y una buena madre también- pero esa parte todavía ella, no la acaba de tener muy clara.

Entró en su habitación y cerró la puerta tras de sí, como si aquel gesto le permitiera quedar a salvo de todo, era su refugió cuando llegaba a casa, esa pequeña posesión exclusivamente suya. Recorrió con la mirada su aposento, la pared verde manzana que le pintara su madre, todavía la acompañaba, las viejas cortinas de gasa heredadas de tía Susana seguían intactas. Dio la vuelta y esta vez sus ojos se quedaron clavados en una imagen menos idílica.

-! Madre mía! -Exclamó Arí mientras se tapaba la boca- La verdad es que no recordaba haber dejado el escritorio de una manera tan desastrosa.

Pero no era sólo el escritorio, el armario estaba a rebosar y la ropa empezaba a hacer verdaderos esfuerzos por permanecer dentro.

-Como mi padre entre ahora, me cae la del pulpo y esta vez no me salva ni un milagro.-Concluyó en voz alta.

Siguió con su ritual cotidiano. Se quitó las deportivas para calzarse sus zapatillas de cabeza de gato y se puso el pijama. Seguidamente se enfundó los cascos, estallando la música como una explosión dentro de su cerebro. Ari, acostumbrada al estridente ruido que salía del aparato, canturreaba al mismo tiempo que se ponía manos a la obra.

-Tampoco cuesta tanto -reconoció al final. Si tuviera la buena costumbre de recoger cada día me evitaría muchas broncas.

De un saltó se tiró en la cama y mandó a la otra punta de la habitación sus zapatillas gatunas. Como siempre también, abrió cuidadosamente el cajón de la mesilla y sacó su libro con truco donde guardaba la joya más preciada, una pulserita de la que colgaba una medalla con la imagen de su madre. Se la había regalado al principio de su enfermedad y ahora ella, la conservaba celosamente desde su muerte.

-Buenas noches, mami -le deseo mientras posaba sus labios en la imagen- te echo de menos.

Metió la mano bajo la almohada y sacó a su compañera del alma, su vieja amiga que había permanecido con ella desde su infancia. Le parecía un poco ridículo conservarla todavía, pero aunque cada noche se hacía la misma promesa -mañana me deshago de ella- lo cierto es que no acababa de decidirse, la vieja luciérnaga ya sin luz en la nariz, seguía siendo fiel aliada de sus noches de duermevela y sus confidencias nocturnas.

Antes de rendirse al sueño tocaba un repaso mental y como era una chica de ideas fijas y férreas costumbres, así lo hizo. Abrazó con fuerza a su muda camarada y contó a su peluche los pormenores de su infausta jornada.

-Hoy es de esos días para olvidar -¿sabes?- Primero perdí el autobús, por mi manía de apurar el tiempo al máximo. Claro, si no metiera el despertador en el cajón para no oírlo, no me pasarían estas cosas...Y es que al final siempre se me pega el ojo…La sabana también ¡Y así no hay manera! Después, me echaron de clase…

-¡Están no son horas de llegar, señorita Mendizabal! -había dicho Don Pablo, con su vozarrón imponente.

Así, que tal como había entrado por la puerta, volví a salir. En fin, que no tuve más remedio que irme a la cafetería hasta la siguiente clase. Fue entonces cuando eché mano a mi cartera y -¡Horror!- Se me encendió una lucecita, y como en un sueño, vi mi monedero encima de la cómoda

- ¡Me lo he dejado otra vez! –Grite-

Menos mal que llevaba la tarjeta del autobús, porque si no, ni eso. Bueno, esto ya dejaba de ser medio normal -y pensé- alguien me ha echado mal de ojo. ¡Ay, Blanquita! -Porque su amiga nocturna tenía nombre y todo- ¡No te imaginas que día!

Se estaba quedando dormida cuando la sobresaltó un recuerdo.

-!Mmmmm! ¡Se me había olvidado por completo! ¡Pero si Ivan me pagó la bebida! Por lo visto no se había perdido ni un detalle de lo sucedido y ante mi mala pata, se acercó a socorrerme. -sabes- Mientras tiraba de uno de mis rizos, me dijo:

-¡Yo pago la cola pelirroja!

Mi cara estaba encendida por la vergüenza – ¡el chico más guapo de la clase sabía que existía, Dios!- intenté decirle que no hacía falta que me pagara nada, me levanté de un salto para darle un toquecito suave en el hombro, pero como la mala sombra seguía persiguiéndome, le tiré por encima la cervecita que llevaba en la mano, dejándolo todo empapado. Entonces definitivamente me quedé inmóvil, esperando su reacción, pero él en vez de enfadarse conmigo, me sonrió compresivo.

Ari esbozó una sonrisa picarona al recordarlo, para añadir:

-¡Como me he podido olvidar! -¿Sabes Blanquita?- Pensándolo bien ¡No ha sido tan nefasto el día, después de todo!…


Samarcanda - Angeles.
2013