domingo, 3 de marzo de 2013

CUENTO DEDICADO: A un paso del Abismo

El nombre de Samarcanda está conmigo desde hace tiempo -diez para ser exactos- fue cuando me enrole junto a otros aprendices de escritores en un proyecto maravilloso, un Taller de Corrección. Formábamos un pequeño grupo de amantes de la escritura muy unido y con muy buen rollo, donde imperaba ante todo el respeto mutuo.
La siguiente historia no fue escrita por mi…Bueno, seguro que es fácil de deducir en cuanto se empieza a leer, su estilo es mucho más depurado que el mío.
Lo escribió precisamente uno de mis entrañables amigos y camaradas de entonces, me refiero a Víctor. Un buen día me hizo uno de los más bellos regalos que nunca he recibido: UN CUENTO DEDICADO. 
No creo que nadie que no escriba pueda entender lo maravilloso de este gesto por todo el esfuerzo y el cariño que conlleva y además hacerlo para alguien en concreto. En él incluyo muchos detalles personales, otros naturalmente son licencias literarias, necesarias para dar mayor énfasis al conjunto de la historia. (Le perdono que me reflejara con tan mal carácter!!Pero lo requería el guión!!) Lo mejor de todo es que  en ella también hizo participar a todos los compañeros del taller, fácilmente reconocibles por nombres y características  Siempre entendí su gesto como un regalo irrepetible del que nunca me cansaré de darle las gracias. Y por eso será para siempre un gran tesoro para mí…


De Meriadoc (Victor) 28 Abril 2004

"Si me permiten la licencia, dedicaré este relato a nuestra pequeña comunidad y , en especial, a… bueno, ya lo descubrirán leyendo…"



A UN PASO DEL ABISMO

Ángela sonrió con tristeza antes de contestar
—No estoy enfadada, simplemente me aburren este tipo de cosas.
—Antes no te aburrían
—Antes era antes. Ahora estoy cansada Andrés, muy cansada.
—¿Has probado de dormir un poco?
—¿Crees que es tan sencillo? En los últimos tres meses no he podido dormir más de una hora seguida, ¡una hora! ¿Sabes lo que es eso?
—¿Insomnio?
—No, Narcolpesis, ¡No te jode!…
— Creo que será mejor que me vaya.
—Perdón… perdóname Andrés, pero es que…
—No te preocupes Ángela, lo comprendo, estás cansada y te aburren este tipo de cosas.
—Lo siento… Déjame sola, por favor
El humor de Ángela se agriaba a marchas forzadas. Andrés la visitaba cada día con la esperanza de rescatar su felicidad extraviada pero ella, que parecía haber enterrado todos los buenos recuerdos en un execrable muladar de desidia, siempre le recibía con una sonrisa de desdén mal disimulado y se apresuraba a recordarle que aquellos bombones artesanos que le había traído, o el fajo de revistas que asomaban bajo su brazo, o la comida china que humeaba en—esa bolsa horrorosa— le resultaban banalidades extremadamente aburridas
Era entonces cuando Andrés se desesperaba. El contraste de sus vidas, la de él próspera y rica en parabienes familiares, la de ella disoluta y turbulenta, le reportaba un dolor insondable al que le resultaba harto difícil enfrentarse; Ardían sus entrañas al contemplar la desdicha de Ángela ; su matrimonio con uno de esos hombres anodinos que malquistan las ilusiones de todos los que le rodean, su traumático divorcio, la relación distante que mantenía con su hijo adolescente, su estado depresivo…
Desde que se conocieron en el Taller de Escritura Creativa de la Facultad, Ángela y Andrés habían cultivado una de esas amistades virtuosas que sobreviven al tiempo y a los matrimonios respectivos sin resquebrajarse lo más mínimo. Ella lo adoraba sin cortapisas, y no se ruborizaba al admitirlo en público mientras que él, un extrovertido incorregible con fama de altruista, la admiraba como nunca había admirado a una mujer, incluida la propia; Admiraba su talante conciliador, la riqueza inagotable de sus pláticas vespertinas allá en la Cafetería de la Facultad, su entereza vital, su extraordinaria capacidad para expresar los sentimientos más remotos del alma; admiraba su prosa melódica, la textura intimista de aquellos relatos que inundaban el cajón de su escritorio, su risa cristalina…
Por eso ahora, cuando la veía consumirse en aquel descenso imparable hacía el abismo, tan huraña y huidiza que casi no la reconocía, a Andrés se le encogía el corazón y los recuerdos de su amistad se trocaban en púas incandescentes que le atravesaban las sienes. Cada noche, tras disfrazar su tristeza de cansancio e inventar nimiedades laborales para que su esposa no se inquietara, la angustia indeleble de saberse impotente ante el declive de Ángela no le dejaba conciliar el sueño y le obligaba a imaginar formas de distraerla, de sacarla del pozo y devolverla a la vida.


Le llevó fresones, puzzles de cinco mil piezas, ramos de rosas, nueces, maquetas de navíos de la armada inglesa, helado de chocolate, pero ella sonreía forzada y le decía.

—Gracias, pero todo esto me aburre. Déjame, por favor, déjame ya


Y él regresaba al día siguiente y le traía castañas asadas, entradas para ver la última obra de Bertolt Brecht en el teatro Villarroel, le llevaba libros de poesía de Baudelaire de Rimbaud, de Neruda, le compraba cuadernos para que volviese a escribir, mas ella resoplaba, se hundía en el sofá , ya sucio y polvoriento, y le decía.


—Andrés, por favor… estoy cansada, aburrida de todo…— y su voz seguía siendo el eco de la desesperanza más atroz.
Andrés perseveró de forma enfermiza; Le compró discos de música tribal , le regaló un álbum con las fotos de la excursión que hicieron juntos en 1991 a los volcanes de Olot , le leyó el Sarcasmos y agudezas de Voltaire , incluso un día le trajo a sus hijas pequeñas para que las conociera, pero Ángela le sonrió con una tristeza que helaba el alma, revolvió las melenas castañas de las niñas y le dijo a su amigo que no se sentía con fuerzas, que estaba indispuesta, cansada de todo…Ese día Andrés estuvo a punto de darse por vencido, de echar la toalla y admitir que Ángela andaba ya rumbo del infierno, pero fue el brillo fugaz de una imagen pretérita, algo vaporoso que siempre le había reportado una felicidad atávica, el que al fin alumbró el camino tortuoso en el que se había convertido su vida.

—Esto ha de funcionar—susurró esa noche en la oscuridad compartida de su alcoba.
Aquel día de abril, Andrés se presentó en casa de Ángela una hora antes de lo que tenía acostumbrado. Ella lo recibió con su habitual desánimo y lo conminó con tirantez a que diese media vuelta y volviese por donde había venido. Sin embargo, Andrés estaba decidido a sacarla de aquella tumba sombría en la que se había convertido el piso que alquiló tras su divorcio y , asiéndola del brazo, la arrastró escaleras abajo.

—No podrás negarte, Ángela—le iba diciendo mientras ella intentaba zafarse de él a voz en grito— está vez no, querida, esta vez no podrás…


Salieron a la calle y la luz del sol hizo estragos en el rostro macilento de Ángela.


—¡Estás loco, Andrés! ¿A qué viene todo esto?— se había liberado de su brazo y lo miraba furibunda, las guedejas desgreñadas, el gesto fruncido en una mueca de rabia…


El rostro de Ángela languideció aún más cuando descubrió que, congregados a las puertas del bar adyacente a su edificio, varios hombres la observaban con una atención rayana en lo ofensivo. Todos vestían ropa de turista, los hombros soportando la carga de bolsas de viaje, amplias sonrisas dibujadas en unos rostros que Ángela tardó demasiado en reconocer pues, no en vano, habían pasado mas de quince años desde la última vez que pisó la clase del Taller de escritura en la Facultad y el tiempo, que es un escultor en exceso quisquilloso, había añadido argamasa en todos los contornos. 

Poco a poco, Ángela fue reconociendo a los viejos compañeros del Taller… a Bernardo, que lucía moreno y orondo, a Victor que le mostraba el anillo de bodas que brillaba en su mano, a Herman que , acaso por algún pacto fáustico, seguía tan joven como antaño, a Mathías con su estampa de mosquetero siempre presto a desenvainar la espada, al bueno de Walter ataviado con chaleco de cazador y dando largas caladas a un cigarro moribundo, y entre todos ellos, parapetado tras una barba canosa, dichoso como si el surtido de arrugas que cincelaba su rostro de sabio no diese fe de la vida ya consumida , se erguía su viejo y querido profesor Marcellus.

Ángela, muda de asombro, se dejó agasajar por los abrazos, los arrullos y las caricias.
—¿Qué hacéis todos aquí?—inquirió al recuperar el habla, quebradiza—Pero Maestro..¿no había vuelto usted a Buenos Aires.?… Oh, Victor, granuja, por fin te atraparon, ¿eh? …. Walter querido amigo, que intrépido luces…Bernardo te sienta bien la comida Mejicana… ¡Pardiez, Mathías! ,¿es que no piensas cortarte nunca esa perilla?


Andrés se acercó a ella. Llevaba, como todos, una bolsa de viaje sobre el hombro. En su mano nerviosa asomaba un billete de avión.

—Está vez no te aburrirás, mi niña mimada, te lo aseguro. Nos vamos todos de viaje— dijo y le alargó un billete a su nombre.


Andrés tuvo que respirar hondo, clavarse las uñas en las palmas de las manos y buscar la mirada de sus compañeros para no echarse a llorar ante su vieja amiga. Todo el desasosiego, toda la desesperanza y toda la angustia de las noches que pasó en vela, se diluyó como un terrón de azúcar en agua hirviendo al descubrir en el rostro de Ángela aquella sonrisa diáfana con la que, otrora, acompañaba todas sus disertaciones literarias. Vio como sus ojos se abrían de nuevo a la vida y como leían el billete hasta detenerse con embeleso en la sección que rezaba: Destino. Entonces los labios de Ángela, labios nuevos, ávidos de sonrisas olvidadas, de nuevas dichas y nuevos versos, se arquearon para verter sobre los oídos extasiados de Andrés la magia de diez letras inolvidables…

—¡Samarcanda! —dijo— ¡Oh Andrés, siempre quise ir a 
Samarcanda.

Con cariño,
Meriadoc. VICTOR

"Algún día nos encontraremos en Samarcanda…o a al ladito de casa, que más da…Pero todos juntos".

 Angeles- Samarcanda

Aqui se pueden leer los comentarios de mis compañeros al cuento de Victor.
http://samarcandacuentos.blogspot.com.es/2011/05/comentarios-al-cuento-al-borde-del.html